Ya tengo 14 años y como todos los años me voy para Catia La Mar, paso mes y medio con mis abuelos, ya mi mama empieza con el mismo cuento de la vez que casi se ahoga por no respetar los remolinos . Mi papa estaba entretenido oyendo los últimos datos del 5 y 6, y con la brisa dándome en la cara empece a recordar a mi abuelo.
El tenia un bote, el mar era su pasión , el océano era un nuevo y vasto campo de aventuras, lleno de interés. “El mar es solemne, el es tu amigo, pero ve siempre alerta”, me decía. Esa forma de pensar aterraba a mi madre. En verdad ella y mi abuelo estaban en completo desacuerdo con mi educación. Él era un carpintero ya jubilado, amable y discreto. Sabía reparar cualquier cosa de la casa y yo me constituí en su devoto ayudante. Mi madre por su parte hubiese deseado hacerme estudiar música, pintar y leer, pero mi abuelo decía que era indispensable primero aprender las cosas practicas; de lo contrario existe el riesgo de no llegar a viejo.
De muchacho, él estuvo sirviendo en el cuartel de Macuto y desde muy joven logro adquirir valor y sagacidad. Consideraba el peligro como un elemento esencial del crecimiento, que nos aviva y nos mantiene alerta , nos enseña a arriesgarnos y a triunfar. Lo que realmente espantaba a mi madre era que mi abuelo no solo buscaba riesgos sino que se deleitaba con ellos, y me enseñaba a hacer otro tanto.
Cuando llovía y la tormenta levantaba olas enormes y los arrecifes que se extendían frente a nuestra casa desaparecerían bajo la espuma, mi abuelo y yo nos poníamos unos cauchos y descendíamos hasta las rocas, desafiando la tempestad. A veces nos acercábamos demasiado al mar, una ola nos arrojaba al suelo y nos mojaba hasta los oídos. A las protestas de mi mama, mi abuelo replicaba: “ Ana, el muchacho tiene que aprender a andar por esas rocas. ¡Es una suerte que tengamos tantos aguaceros!
Muchas veces el mar estaba tranquilo y podía seguir aprendiendo a navegar. Mi abuelo recurría al pequeño grupo de pescadores que habitaban en la reducida ensenada que llamábamos la Caleta. Allí se hacinaban varias casas de pescadores, color tierra y viejas y frente a ellas se extendía una playa de unos cuantos metros cuadrados, cubierta de cantos rodados, sobre los que se arrastraban los peñeros. Mi abuelo, negro , flaco y con cierto aire militar, llamaba la atención de aquellos rudos hombre de mar, y el placer que demostraba ante el peligro les fascinaba. “Las olas se le apartan”, decían.
Gracias a su valor personal pronto lo aceptaron como su fuese uno de ellos, distinción que mi abuelo supo corresponder con respeto y compañerismo. Había en ese grupo un viejo pescador de langostas a quien apodaban “el sordo Gregorio”. Nunca pudo oír nada pero todos lo querían y él les devolvía su afecto. La única forma de comunicarse con Gregorio era por señas en realidad sus orejas estaban de adorno.
El bote era tan viejo como mi abuelo, pero recio, bien hecha, de cinco metros de eslora muy reforzada , con tablones gruesos. Era precisamente la embarcación que me convenía, segura y tranquila con cualquier mar. Gregorio era muy pobre, recogía pedazos de madera y con ellos se construía él mismo las trampas para pescar langostas, que perdía cuando venia un chaparrón. Nunca trataba de recogerlas a tiempo, como hacían algunos pescadores. Se limitaba a permanecer en la playa, con la vista clavada en las olas tumultuosas; luego volvía a su ranchito y comenzaba a amarrar mas tablas para reemplazar a las perdidas.
Mi abuelo se apresuro a ayudarlo. Compro unas buenas varas de roble y les hizo un tratamiento para impermeabilizarlas, luego con la paciencia y dedicación de un monje chino construyo un juego de trampas que fueron la admiración de toda la Caleta. Yo lo ayudé tejiendo unas pequeñas redes de sus extremos, que apresarían a la langosta una vez dentro del artefacto. A partir de ese momento Gregorio siempre se mantenía pendiente de nosotros.
Una mañana de septiembre nos despertó una tormenta impresionante. El mar parecía blanco hasta donde alcanzaba la vista, y la Caleta también estaba alborotada. “Que vaina, vamos a tener que hacer algunas trampas nuevas para Gregorio”, dijo el abuelo, “esta vez no le va a quedar ni una”.
Bajamos hasta la playa . Los pescadores agrupados en el solar donde guindan las redes miraban silenciosamente la brumosa turbulencia que se extendía hasta el horizonte. Gregorio no estaba entre ellos.
-¿No ha venido hoy?- pregunto mi abuelo.
-Esta afuera , recogiendo las trampas- dijo uno de los pescadores señalando el mar –no pudimos detenerlo. Las trampas que usted le hizo es como un tesoro para él.
-¡No puede quedarse ahí! Debemos hacerle señas para que regrese.
Todos guardaron silencio por un momento. Por fin uno gruño: -No consigue volver; se fue con un solo remo-
Estas palabras surtieron en mi abuelo el efecto de un cohetón al que se le arrima un fósforo
- Entonces vamos a buscarlo – dijo con firmeza – ¿ quien me acompaña?
Miro uno tras otro a los pescadores, pero ninguno le respondió. Por ultimo uno de ellos respondió:
- Si voy, me traga la mar.
Mi abuelo solo vaciló un momento, luego se dirigió a grandes pasos hacia los botes que estaban en la playa. Un trueno me estremeció y me hizo reaccionar: -¡ No abuelito, por favor, no vayas!- le suplique.
El viento le arrebato el sombrero de paja y al volverse hacia mí, sus ojos penetrantes y decididos se clavaron en mí. Su cuerpo curtido por el sol y los años contrastaba con la limpia espuma que se levanta en su espalda.
-No te asustes por mí, José , lo remolcare y nada mas – me dijo. Entonces algo dentro de mí se despertó, sus palabras me tranquilizaron y ahora quería ir con él.
Salto dentro de bote y yo me colee atrás de él.
-No José, sal de aquí -,grito agarrándome bien duro por el brazo – Obedéceme ,quédate aquí.
Me quede plantado, estaba decidido a acompañarlo. Mi abuelo no insistió más. Tal vez muy dentro de él me necesitaba, creo que sabia como lo admiraba. Me miro un momento, y comenzó a meter los remos, yo monte el áncora. Sentado en la proa, veía a mi abuelo frente a mí, como me había enseñado cuando el mar estaba picado, empujaba los remos en vez de tirar de ellos. Veía a mi abuelo como uno de esos caciques valerosos y determinantes como me había contado mi mama. Ahora lo quería mucho mas por haberme llevado, y ni siquiera tenía miedo.
Una vez dejado atrás la protección de la Caleta, el ruido aumento tanto que no podía ni hablar. La proa del bote se alzaba en aire y luego se hundía como si fuésemos a llegar al fondo. Mi abuelo seguía remando con golpes lentos y largos, llevando el compás de un péndulo.
Las olas eran tan grandes que en medio de ellas quedábamos fuera del alcance de la vista, pero cuando nos levantaba en su cresta distinguíamos por un instante a Gregorio. Remaba enérgicamente con el único remo, primero de un lado, después del otro, pero no avanzaba nada. Había recogido las trampas y las tenia apiñadas detrás de el, el bote se hundía tanto que algunas olas penetraban. El viento lo empujaba hacia los arrecifes, donde se estrellaba el agua verdosa, saltando casi 12 metros de altura. No había tiempo que perder.
Mi abuelo se lanzó directamente hacia él. Cuando nos colocamos a su lado, mi abuelo se inclino y lo sacudió por los hombros. Nunca olvidare la expresión del rostro del sordo Gregorio. Era como cuando el sol sale de improviso atravesando una nube. Mi abuelo me señalo el ancla que estaba en la proa de su bote. Gregorio comprendió y la arrojo dentro del nuestro. Era muy pesada y nos costo trabajo hecharla hacia atrás.
Cuando volvimos a mirar, los botes estaban a unos cien metros de las rocas. Podíamos sentir la succión de las olas al retirarse y como se estrellaban después contra el montículo. Mi abuelo volvió a remar con todas sus fuerzas rumbo a alta mar, pero no nos movíamos. Finalmente comenzó a avanzar, hasta que la cuerda de Gregorio se puso tirante, desde ese momento fue todavía más difícil.
Yo ansiaba ayudar, pero no podía hacer nada. Solo se me ocurría gritar: “¡Así es abuelo, ya es tuyo!”. Gregorio hacia lo que podía con su remo. Pero era desalentador, porque cada vez que mi abuelo completaba una remada, estabamos a punto de volver hacia las rocas. Me pareció que había pasado un tiempo enorme, hasta que las olas se hicieron mas largas y redondas, lo que indicaba que nos hallábamos en aguas mas profundas.
Entonces mi abuelo viro lentamente y enfilo de regreso hacia la Caleta. Todo el que entiende de botes sabe lo peligroso navegar con las olas de popa. Se te echan encima a 100 kilómetros por hora y parece que lo levantan a uno y lo arrojan hacia delante. Si se puede gobernar el timón no hay peligro, pero no es fácil de hacer cuando una barca remolca a otra en medio de un mar agitado. De todas formas mi abuelo consiguió evitar que nos golpearan de lado, pero de pronto una ola nos levanto y la embarcación de Gregorio se abalanzo sobre la nuestra. La ola siguiente nos cayo encima, y creí que naufragábamos.
Vi como se inundaba el bote de Gregorio, quien se puso a achicar el agua con todas sus fuerzas. Un momento después sobrevino una calma súbita. Siempre ocurre eso en cualquier tormenta. Detrás de las olas grandes no viene ninguna más. Mi abuelo miro a lo lejos y obro de una forma que no alcance a comprender: agarrando un remo con ambas manos viro la barca hasta la proa y apunto de nuevo hacia el océano. Yo era entonces demasiado pequeño para darme cuenta del objeto de esa maniobra, pero hoy todavía me siento maravillado. Era lo único que podíamos hacer para salvarnos la vida. Mi abuelo nunca había navegado en medio de una tempestad., pero el instinto le dijo lo que tenia que hacer.
La única manera de llegar a la costa era reculando, con la pesada barca de Gregorio adelante y nuestro bote mas ligero atrás para dirigirla. -Creo que después de todo vamos a llegar ¿Verdad José? – grito mi abuelo sonriendo. Ahora pienso que esa vez no estaba muy seguro del resultado.
Un cuarto de hora mas tarde llegamos a la costa. Los pescadores estaban en el agua y nos
ayudaron a desembarcar. Uno de ellos sostenía un paño viejo que me lo echo encima de los hombros. Los demás miraron a mi abuelo y lo palmeaban por la espalda; este era el mejor homenaje que sabían tributar.
Gregorio arrojo el ancla y salto al agua. Una vez en tierra se aparto unos pasos, rebusco en sus bolsillos un muñón de tabaco y cuando se lo hubo metido en la boca alargo el brazo y estrecho la mano de mi abuelo. Eso fue todo. Pero tanto él como los demás se daban cuenta del valor de mi abuelo.
Mi papa llego corriendo por la playa y lo abrazo con alegría “ ¡Viejo, tu si eres arrecho!, pero no le diremos nada a Ana. “. Papa temblaba como un papel.
Mi abuelo ya no esta entre nosotros. Pero su espíritu de aventura y sus deseos de vivir intensamente es la herencia que me acompañara para siempre. Él es mi héroe más cercano.
El tenia un bote, el mar era su pasión , el océano era un nuevo y vasto campo de aventuras, lleno de interés. “El mar es solemne, el es tu amigo, pero ve siempre alerta”, me decía. Esa forma de pensar aterraba a mi madre. En verdad ella y mi abuelo estaban en completo desacuerdo con mi educación. Él era un carpintero ya jubilado, amable y discreto. Sabía reparar cualquier cosa de la casa y yo me constituí en su devoto ayudante. Mi madre por su parte hubiese deseado hacerme estudiar música, pintar y leer, pero mi abuelo decía que era indispensable primero aprender las cosas practicas; de lo contrario existe el riesgo de no llegar a viejo.
De muchacho, él estuvo sirviendo en el cuartel de Macuto y desde muy joven logro adquirir valor y sagacidad. Consideraba el peligro como un elemento esencial del crecimiento, que nos aviva y nos mantiene alerta , nos enseña a arriesgarnos y a triunfar. Lo que realmente espantaba a mi madre era que mi abuelo no solo buscaba riesgos sino que se deleitaba con ellos, y me enseñaba a hacer otro tanto.
Cuando llovía y la tormenta levantaba olas enormes y los arrecifes que se extendían frente a nuestra casa desaparecerían bajo la espuma, mi abuelo y yo nos poníamos unos cauchos y descendíamos hasta las rocas, desafiando la tempestad. A veces nos acercábamos demasiado al mar, una ola nos arrojaba al suelo y nos mojaba hasta los oídos. A las protestas de mi mama, mi abuelo replicaba: “ Ana, el muchacho tiene que aprender a andar por esas rocas. ¡Es una suerte que tengamos tantos aguaceros!
Muchas veces el mar estaba tranquilo y podía seguir aprendiendo a navegar. Mi abuelo recurría al pequeño grupo de pescadores que habitaban en la reducida ensenada que llamábamos la Caleta. Allí se hacinaban varias casas de pescadores, color tierra y viejas y frente a ellas se extendía una playa de unos cuantos metros cuadrados, cubierta de cantos rodados, sobre los que se arrastraban los peñeros. Mi abuelo, negro , flaco y con cierto aire militar, llamaba la atención de aquellos rudos hombre de mar, y el placer que demostraba ante el peligro les fascinaba. “Las olas se le apartan”, decían.
Gracias a su valor personal pronto lo aceptaron como su fuese uno de ellos, distinción que mi abuelo supo corresponder con respeto y compañerismo. Había en ese grupo un viejo pescador de langostas a quien apodaban “el sordo Gregorio”. Nunca pudo oír nada pero todos lo querían y él les devolvía su afecto. La única forma de comunicarse con Gregorio era por señas en realidad sus orejas estaban de adorno.
El bote era tan viejo como mi abuelo, pero recio, bien hecha, de cinco metros de eslora muy reforzada , con tablones gruesos. Era precisamente la embarcación que me convenía, segura y tranquila con cualquier mar. Gregorio era muy pobre, recogía pedazos de madera y con ellos se construía él mismo las trampas para pescar langostas, que perdía cuando venia un chaparrón. Nunca trataba de recogerlas a tiempo, como hacían algunos pescadores. Se limitaba a permanecer en la playa, con la vista clavada en las olas tumultuosas; luego volvía a su ranchito y comenzaba a amarrar mas tablas para reemplazar a las perdidas.
Mi abuelo se apresuro a ayudarlo. Compro unas buenas varas de roble y les hizo un tratamiento para impermeabilizarlas, luego con la paciencia y dedicación de un monje chino construyo un juego de trampas que fueron la admiración de toda la Caleta. Yo lo ayudé tejiendo unas pequeñas redes de sus extremos, que apresarían a la langosta una vez dentro del artefacto. A partir de ese momento Gregorio siempre se mantenía pendiente de nosotros.
Una mañana de septiembre nos despertó una tormenta impresionante. El mar parecía blanco hasta donde alcanzaba la vista, y la Caleta también estaba alborotada. “Que vaina, vamos a tener que hacer algunas trampas nuevas para Gregorio”, dijo el abuelo, “esta vez no le va a quedar ni una”.
Bajamos hasta la playa . Los pescadores agrupados en el solar donde guindan las redes miraban silenciosamente la brumosa turbulencia que se extendía hasta el horizonte. Gregorio no estaba entre ellos.
-¿No ha venido hoy?- pregunto mi abuelo.
-Esta afuera , recogiendo las trampas- dijo uno de los pescadores señalando el mar –no pudimos detenerlo. Las trampas que usted le hizo es como un tesoro para él.
-¡No puede quedarse ahí! Debemos hacerle señas para que regrese.
Todos guardaron silencio por un momento. Por fin uno gruño: -No consigue volver; se fue con un solo remo-
Estas palabras surtieron en mi abuelo el efecto de un cohetón al que se le arrima un fósforo
- Entonces vamos a buscarlo – dijo con firmeza – ¿ quien me acompaña?
Miro uno tras otro a los pescadores, pero ninguno le respondió. Por ultimo uno de ellos respondió:
- Si voy, me traga la mar.
Mi abuelo solo vaciló un momento, luego se dirigió a grandes pasos hacia los botes que estaban en la playa. Un trueno me estremeció y me hizo reaccionar: -¡ No abuelito, por favor, no vayas!- le suplique.
El viento le arrebato el sombrero de paja y al volverse hacia mí, sus ojos penetrantes y decididos se clavaron en mí. Su cuerpo curtido por el sol y los años contrastaba con la limpia espuma que se levanta en su espalda.
-No te asustes por mí, José , lo remolcare y nada mas – me dijo. Entonces algo dentro de mí se despertó, sus palabras me tranquilizaron y ahora quería ir con él.
Salto dentro de bote y yo me colee atrás de él.
-No José, sal de aquí -,grito agarrándome bien duro por el brazo – Obedéceme ,quédate aquí.
Me quede plantado, estaba decidido a acompañarlo. Mi abuelo no insistió más. Tal vez muy dentro de él me necesitaba, creo que sabia como lo admiraba. Me miro un momento, y comenzó a meter los remos, yo monte el áncora. Sentado en la proa, veía a mi abuelo frente a mí, como me había enseñado cuando el mar estaba picado, empujaba los remos en vez de tirar de ellos. Veía a mi abuelo como uno de esos caciques valerosos y determinantes como me había contado mi mama. Ahora lo quería mucho mas por haberme llevado, y ni siquiera tenía miedo.
Una vez dejado atrás la protección de la Caleta, el ruido aumento tanto que no podía ni hablar. La proa del bote se alzaba en aire y luego se hundía como si fuésemos a llegar al fondo. Mi abuelo seguía remando con golpes lentos y largos, llevando el compás de un péndulo.
Las olas eran tan grandes que en medio de ellas quedábamos fuera del alcance de la vista, pero cuando nos levantaba en su cresta distinguíamos por un instante a Gregorio. Remaba enérgicamente con el único remo, primero de un lado, después del otro, pero no avanzaba nada. Había recogido las trampas y las tenia apiñadas detrás de el, el bote se hundía tanto que algunas olas penetraban. El viento lo empujaba hacia los arrecifes, donde se estrellaba el agua verdosa, saltando casi 12 metros de altura. No había tiempo que perder.
Mi abuelo se lanzó directamente hacia él. Cuando nos colocamos a su lado, mi abuelo se inclino y lo sacudió por los hombros. Nunca olvidare la expresión del rostro del sordo Gregorio. Era como cuando el sol sale de improviso atravesando una nube. Mi abuelo me señalo el ancla que estaba en la proa de su bote. Gregorio comprendió y la arrojo dentro del nuestro. Era muy pesada y nos costo trabajo hecharla hacia atrás.
Cuando volvimos a mirar, los botes estaban a unos cien metros de las rocas. Podíamos sentir la succión de las olas al retirarse y como se estrellaban después contra el montículo. Mi abuelo volvió a remar con todas sus fuerzas rumbo a alta mar, pero no nos movíamos. Finalmente comenzó a avanzar, hasta que la cuerda de Gregorio se puso tirante, desde ese momento fue todavía más difícil.
Yo ansiaba ayudar, pero no podía hacer nada. Solo se me ocurría gritar: “¡Así es abuelo, ya es tuyo!”. Gregorio hacia lo que podía con su remo. Pero era desalentador, porque cada vez que mi abuelo completaba una remada, estabamos a punto de volver hacia las rocas. Me pareció que había pasado un tiempo enorme, hasta que las olas se hicieron mas largas y redondas, lo que indicaba que nos hallábamos en aguas mas profundas.
Entonces mi abuelo viro lentamente y enfilo de regreso hacia la Caleta. Todo el que entiende de botes sabe lo peligroso navegar con las olas de popa. Se te echan encima a 100 kilómetros por hora y parece que lo levantan a uno y lo arrojan hacia delante. Si se puede gobernar el timón no hay peligro, pero no es fácil de hacer cuando una barca remolca a otra en medio de un mar agitado. De todas formas mi abuelo consiguió evitar que nos golpearan de lado, pero de pronto una ola nos levanto y la embarcación de Gregorio se abalanzo sobre la nuestra. La ola siguiente nos cayo encima, y creí que naufragábamos.
Vi como se inundaba el bote de Gregorio, quien se puso a achicar el agua con todas sus fuerzas. Un momento después sobrevino una calma súbita. Siempre ocurre eso en cualquier tormenta. Detrás de las olas grandes no viene ninguna más. Mi abuelo miro a lo lejos y obro de una forma que no alcance a comprender: agarrando un remo con ambas manos viro la barca hasta la proa y apunto de nuevo hacia el océano. Yo era entonces demasiado pequeño para darme cuenta del objeto de esa maniobra, pero hoy todavía me siento maravillado. Era lo único que podíamos hacer para salvarnos la vida. Mi abuelo nunca había navegado en medio de una tempestad., pero el instinto le dijo lo que tenia que hacer.
La única manera de llegar a la costa era reculando, con la pesada barca de Gregorio adelante y nuestro bote mas ligero atrás para dirigirla. -Creo que después de todo vamos a llegar ¿Verdad José? – grito mi abuelo sonriendo. Ahora pienso que esa vez no estaba muy seguro del resultado.
Un cuarto de hora mas tarde llegamos a la costa. Los pescadores estaban en el agua y nos
ayudaron a desembarcar. Uno de ellos sostenía un paño viejo que me lo echo encima de los hombros. Los demás miraron a mi abuelo y lo palmeaban por la espalda; este era el mejor homenaje que sabían tributar.
Gregorio arrojo el ancla y salto al agua. Una vez en tierra se aparto unos pasos, rebusco en sus bolsillos un muñón de tabaco y cuando se lo hubo metido en la boca alargo el brazo y estrecho la mano de mi abuelo. Eso fue todo. Pero tanto él como los demás se daban cuenta del valor de mi abuelo.
Mi papa llego corriendo por la playa y lo abrazo con alegría “ ¡Viejo, tu si eres arrecho!, pero no le diremos nada a Ana. “. Papa temblaba como un papel.
Mi abuelo ya no esta entre nosotros. Pero su espíritu de aventura y sus deseos de vivir intensamente es la herencia que me acompañara para siempre. Él es mi héroe más cercano.